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lunes, 3 de agosto de 2015

Punto limpio



En el pueblo del fin del mundo tirarían los botes de pintura secos por el borde y ya está, fin del problema. No como yo, que tengo que cargarlos como un imbécil hasta el punto limpio, porque pesan lo suyo y no tengo coche. La travesía por media ciudad con tres botes de 5 litros de pintura seca es alienante y destructora. Un habitante de Galactorrea no tendría que pasar por esto, apostaría cualquier cosa.

Galactorrea puede ser el nombre de una civilización alienígena, pero en realidad es un efecto secundario de los medicamentos que hace que te salga leche de los pezones. La vida es así de dura: tú vas a que te cure el doctor y acabas lactando y pones tus camisas perdidas. Y la gente te mira, claro. Y tú pasándolo mal porque vas con tres botes de pintura seca y no puedes taparte el cerco de leche de los pezones. Galactorrea no es una civilización alienígena, y si lo es, mejor que se queden en su planeta.

Quizá el fin del mundo esté más cerca de lo que creen. El metafórico o el real. No sé en qué momento decidimos que el mundo era redondo y no tenía bordes, pero lo considero un error inexcusable. Suena a tocomocho barato, y seguro que los habitantes del borde se descojonan de nosotros mientras tiran sus botes de pintura seca apenas a un par de pasos de sus casas.

Que no todo son ventajas, oye. Das un traspiés y te puedes encontrar cayendo hacia el espacio exterior, y eso no es ninguna bicoca. Igual hasta acabas en Galactorrea, fíjate lo que te digo, y entonces ya sí que la has fastidiado. Galactorrea, ciudad de vacaciones.

Me preguntan si estoy yendo a algún lado con todo esto. Y yo contesto: al punto limpio.

viernes, 26 de diciembre de 2014

La fábula del leñador



Hoy, queridos y queridas, os voy a dejar una hermosa fábula que se usa en los manuales de gestión del tiempo. La he tuneado ligerísimamente para extraer todas sus fructíferas enseñanzas morales, y forma parte de un pequeño libro que he escrito llamado (provisionalmente) "Vete a que gestione el tiempo tu puta madre". Espero que pronto pueda estar disponible para el gran público, ganar el premio Nobel y retirarme. De momento os dejo con la pequeña fábula:

Porque el rigor no está reñido con la amenidad, te voy a narrar ahora una pequeña historia que ilustra la importancia de una correcta gestión del tiempo. Escucha:

Érase una vez un bosque donde había dos leñadores. Uno de ellos quería ser siempre el mejor, así que empezó a talar cada día sin pausa. Mientras talaba sin descanso, veía cómo el otro leñador paraba cada cierto tiempo y se metía cinco minutos en casa. Nuestro leñador sonreía, pues pensaba que el otro estaba perdiendo el tiempo y que sería él quien cortase más árboles. Pero día tras día, por la noche, el leñador de las pausas entregaba siempre más árboles que el otro, por mucho que este se hubiera esforzado.

Desconcertado, nuestro leñador por fin un día se acercó a preguntarle al otro cómo era posible que, a pesar de hacer descansos, pudiera talar más árboles que él. “Es que en los descansos afilo mi hacha”, le contestó el otro. “Por eso puedo cortar mejor. Bueno, también hago tanta pausa porque soy adicto al porno por internet. Se está convirtiendo en un problema. Pero vamos, principalmente es para afilar el hacha”.

Paulo Coelho pararía aquí y te diría que ahí está la sabiduría de la gestión del tiempo: en saber cuándo afilar tu hacha. Qué coño sabrá él. Yo te voy a contar toda la verdad:
Al poco tiempo, el empresario propietario de la explotación maderera se dio cuenta de la mala decisión que había sido contratar un leñador tan imbécil que ni siquiera sabía que tenía que afilar el hacha. Es más, y ya puestos a pedir, el muy anormal ni siquiera había usado las motosierras que tenía a su disposición. Así que le echó a la puta calle. Pensó que si apretaba un poco más las tuercas al otro, le podría sacar más rendimiento y no necesitaría contratar un segundo leñador, y así lo hizo. Con su conocimiento de técnicas de gestión del tiempo, pudo sacar todo lo posible del leñador que le quedaba, y así se ahorró pagar un segundo sueldo y cumplió el sueño de su vida: comprar su tercer Ferrari. Más adelante, aprovechando una crisis económica, le bajó el sueldo al leñador, porque a ver a qué otro lado iba a ir. A pesar de esto, el leñador se iba a dormir muy satisfecho porque “por lo menos tenía trabajo”, y además lo había conservado gracias a sus excelentes habilidades de gestión del tiempo.

jueves, 30 de octubre de 2014

Caronte


Los gritos se oían desde su barca, cuando se acercaba a la orilla. A la orilla de allá, se entiende.

Tenía épocas mejores, pero había temporadas (largas, largas temporadas) en las que la desesperación se apoderaba de él, y entonces estaba a un suspiro de mandarlo todo al carajo y bajarse. De una vez por todas.

Llevaba demasiado tiempo con esto. Hasta él se estaba cansando, de hecho llevaba cansándose mucho tiempo. Demasiado, según le parecía a veces.

Caronte hizo una breve pausa en su trabajo, se secó el sudor de la frente con un pañuelo grimoso (¿y cómo no iba a estar grimoso? ¿cuándo iba a lavarlo?) y volvió a empujar el agua con su remo. Uno pensaría que, con los años, le aligerarían la carga, pero no. Nada más lejos: cada vez eran más y más, un trasiego incesante, pesado y bullicioso, ni un minuto de respiro. Antes (hacía siglos) se paraba a hablar con sus pasajeros mucho más a menudo, se entendía con ellos y se interesaba por el devenir del mundo. Antes todo tenía algún sentido. Ahora, las pocas veces que se animaba a iniciar conversación, a las pocas palabras se sentía perdido, no sabía de qué le estaban hablando, todo le parecía fragmentario e inconexo.

Eso si conseguía que le prestaran atención, porque esa era otra: cada vez parecía que la gente era más tonta. Durante siglos había sido al contrario: gente cada vez más refinada, que le narraba avances en el saber que le asombraban y apenas entendía. ¡Cómo avanzaba el mundo! Pero eso parecía haber cambiado, llevaba unos años recogiendo a muchos como embobados. Él solía dejarles un tiempo para acostumbrarse, al fin y al cabo, morirse es un shock, pero es que esta gente estaba tonta perdida. Se pasaban el tiempo mirando unos espejitos negros y cuando Caronte, ya cansado de esperar, carraspeaba para que espabilasen, levantaban sobresaltados la vista y le preguntaban con cara bovina cosas como “Oiga, ¿no hay cobertura aquí?” o “ “Parece que no va el 4G, pero luego bien que te lo cobran”. La cara de borricos que se les quedaba y su incapacidad para reconocer lo que tenían a su alrededor hacía pensar a Caronte que alguna plaga de idiocia se había desatado en el mundo.

Y ese no era el único signo. Había otros que eran casi peores. Cuando entendían dónde estaban y quién era él, se quedaban como incrédulos y negando con la cabeza. Muchos le habían llegado a decir que no podía ser, que ellos no creían en estas cosas y que eso de un barquero que transporta a los muertos al otro mundo era una superstición atrasada. ¡Habráse visto, decirle eso a la cara! Al final había optado por un método de probada eficacia con esa gente: les sacudía con el remo en la jeta y les gritaba “¡Pues a ver si crees en esto!”. Después del remazo iban como la seda.

En definitiva, todas estas cosas pesaban cada vez más a las espaldas de Caronte, como si no bastara el esfuerzo de remar. El pacto que tenía con Hades incluía una cláusula (que para eso se había dejado el dinero en un notario): en el momento en el que él decidiese, podría darle su remo a alguien de su elección, y esta persona tomaría su lugar. Eso sí: tras otorgar su puesto, solo podría apearse de la barca en una orilla del rio Estigia, aquella que daba al tártaro, donde las almas atormentadas gritaban. Ese era el precio a pagar por dejar atrás su pesada carga.

Lo cierto era que temía ir al infierno. ¡Como para no temerlo! Los gritos que se oían al acercarse helaban la sangre a cualquiera, incluso después de siglos de escucharlos. Y sin embargo, cada vez tenía menos claro cuál era el verdadero infierno: ese lugar del que provenían los gritos o el trajín incesante en el que estaba inmerso, sin un minuto de descanso y sin ser capaz de intercambiar dos palabras coherentes con nadie.

En esto pensaba Caronte (apenas pensaba en otra cosa, este es el tema que le obsesionaba desde hacía incontables décadas, cuando empezó a perder el hilo del por dónde iba el mundo) mientras conducía su barca, maravillosamente vacía, liviana y silenciosa, hasta la orilla que bullía de almas esperando a ser transportadas. El viaje de vuelta, que antaño se le hacía más pesado por no tener con quién conversar, era ahora el que esperaba con más ganas, si es que se le podían llamar ganas a eso. Ya adivinaba los rostros de los que serían sus próximos pasajeros… era terrible, cada año había más y más. Allá en el mundo debían de estar devorándose los unos a los otros, no podía haber tantísimas personas.

En seguida detectó a uno que le iba a dar problemas. Otra cosa no, pero después de tantos siglos conociendo, aunque fuera brevemente, a cada una de las personas que habían nacido, algo de intuición psicológica tenía. Y a este se le veía a la legua. Antes de que la barca chocara con la madera del embarcadero, el sujeto ya se había abierto paso entre todos los demás hasta la primera fila. Y eso no era nada fácil: esta orilla estaba repleta de almas desesperadas por cruzar al otro mundo, cansados de esperar.

“Ya era hora de que apareciera alguien, la organización aquí es un desastre”, le dijo, sin saludar siquiera, aquel tipo. Asco de gente…

“Verá, he de cruzar cuanto antes, déjeme subir”. Pensó un segundo y continuó, “y prefiero ir solo, que esto está muy bullicioso. No se preocupe, que tengo con qué pagarle, le compensará el viaje”. Al decir esto, se sacó un rectángulo de colores de un bolsillo, y se lo presentó a Caronte como si fuese la más suculenta de las ofrendas.

Este le respondió secamente, “Solo acepto monedas”. No era cierto del todo, en algún momento hacía mucho tiempo Hades le había obligado a aceptar a todo aquel que le ofreciera unos papeles, que por lo visto ahora tenían tanto valor como las monedas, o más.

Pero tampoco le apetecía ponérselo fácil a aquel engreído.

“¿No aceptan tarjeta? Yo alucino… en fin, tome, ¿tiene cambio de cincuenta?”

“No se da cambio”, contestó Caronte, de nuevo con tosquedad. A ver si el otro se daba por aludido y se dejaba de chorradas.

“Pues vaya, menuda… no resulta usted de mucha ayuda para dedicarse al trato con el público, la verdad. Ande, tome el billete y con lo que sobre pago por ir solo en la barca. ¡Venga, déjeme pasar!”

Caronte apretó los dientes y se echó a un lado. Le había pagado, y no podía dejar de cumplir su deber. Ahora bien, no se iba a ir de rositas. Extendió los brazos y empezó a hacer pasar a las almas más cercanas, cuanto más andrajosas mejor. Al fin y al cabo, le habían pagado suficiente para llenar la barca. Las reglas son las reglas.

“Pero oiga, ¿qué demonios hace? Hemos llegado a un acuerdo, ¡inútil! ¡Saque a esta gente de aquí ahora mismo!”, saltó el tipo, pegándose al borde de la barca para no tocar a los demás.

“La barca ha de ir llena”, le cortó Caronte, con un deje de sorna.

“Usted… no sabe con quién está hablando. Le aseguro que cuando lleguemos a la otra orilla, hablaré con su superior. Mi padre es Ernesto Robreguero, y debe de estar esperándome allí con algún cargo de importancia. Si piensa que su insolencia va a pasar sin castigo, se va a llevar una buena sorpresa”. Dicho esto, el energúmeno se hizo un hueco apartando a otra alma y se sentó con los brazos cruzados, mirando hacia la otra orilla.

Caronte, que había escuchado su discursito en el remo vibrando de ganas de chocar contra su cara, se relajó cuando vio que se iba a callar el resto del viaje. Los tipos engreídos, que se creían que sus títulos, posesiones y riquezas terrenales les convertían en alguien, siempre le habían puesto de los nervios. Había tenido reyes mucho más poderosos que aquel papanatas que habían sabido mostrar más humildad y comprensión de su situación.

En fin, ya casi habían llegado a la otra orilla. Aunque Caronte no conseguía distinguir nada en tierra, ya que se había desatado una densa neblina, conocía el camino de sobra. En unos pocos minutos más la barca encalló, y Caronte se bajó, dispuesto a dar paso a las almas que llevaba. Cuál no fue su sorpresa cuando de la niebla surgió una mano que se posó en su hombro, y delante suya tenía a Hades, señor del inframundo.

Caronte no daba crédito. Estos encuentros se producían en circunstancias excepcionales, algo muy importante debía estar sucediendo.

“¡Caronte, viejo amigo!”, le soltó Hades mientras le daba palmaditas en la espalda. “¿Cómo te trata la vida?”

“Bien sabes tú cómo me trata la vida…”, farfulló Caronte entre dientes.

De la bruma surgió otra figura, a instancias de Hades. “Mira, te presento a Ernesto Robreguero, que ha venido hoy a recoger a su hijo. Es un promotor muy importante, ¿sabes?”

Caronte se quedó paralizado al oír el nombre de aquel señor y la explicación de Hades. No sabía qué era más poderoso en él, si el miedo a un castigo de Hades por haber menospreciado al hijo imbécil de aquel promotor o el absoluto asombro de que un mero mortal estuviera haciendo negocios con el señor del más allá.

“Pero… ¿desde cuándo un humano es alguien importante aquí”, acertó a decir Caronte.

Hades le miró nervioso, y fingió una risa. “Pero hombre, ¡qué preguntas! Don Ernesto tiene algunas ideas muy interesantes para nosotros, y unos sistemas de gestión que… ¡ya verás, ya! Lo único que pedía a cambio era instalarse en una buena parcela de mis reinos y que su hijo estuviera con él, ¿no es razonable?”

Caronte dirigió la mirada hacia su barca, donde a través de las almas andrajosas aterradas podía ver la sonrisa de desprecio que le dedicaba el hijo del tal Ernesto, ahora que veía clara su victoria.

“¡Ahí estás!”, exclamó el promotor al ver a su hijo. Este se abrió paso entre las almas y bajó de la barca.

Caronte salió de su estupor y se encaró con Hades. “¿Pero es que nos hemos vuelto tontos o qué? ¡Eres un dios! ¿Desde cuándo necesitas métodos de gestión? Esto lleva milenios funcionando bien sin necesidad de hacer chorradas, ¿es que no ves que te están liando? ¡Mírales, si son unas hienas!”

Hades miró disculpándose a los dos humanos, y se llevó a Caronte a un aparte. “¡Insensato! ¿Sabes lo que nos puede costar tu insolencia? ¡Un trato de millones! No dudes que sufrirás un castigo”, le espetó Hades con los ojos en llamas.

“¿Millones? ¿Pero para qué diablos necesita Hades el dinero? ¡Esto es absurdo!”, contestó Caronte.

“Son unos métodos de gestión muy modernos, muy ventajosos, no lo entenderías. Y ahora vuelve a tu lugar. Sufrirás por esto, no lo dudes”. Con esto, Hades se dio la vuelta, todo sonrisas y sin fuego en los ojos ni nada, y se empezó a alejar andando con Ernesto, enfrascados en conversación.

El hijo se quedó un poco más de tiempo, mirando a Caronte, saboreando su victoria y esperando quizá la humillación de una disculpa.

Caronte se acercó a él y le dijo sin mirarle a la cara: “Verá, entiendo que he sido injusto con usted, señor Robreguero… quisiera pedirle disculpas y ofrecerle algo por las molestias causadas”. Caronte extendió su remo ante sí. “Si me permite un momento, le buscaré lo que…”

Mientras el hijo del promotor cogía de manera automática el remo, Hades se daba la vuelta para ver por qué no les seguía, y cuando vio lo que pasaba echó a correr hacia ellos.

“Ahí lo tienes”, siguió Caronte, cuando el otro hubo cogido el remo. “Un trabajito estable para toda la vida. ¡Que lo disfrutes, majo!”. Dicho esto, empezó a reír y a caminar hacia el tártaro. Hades llegó en ese momento y empezó a gritarle.

“¿Pero qué has hecho, desgraciado?” ¡Ese era el hijo de Robreguero! ¡Maldición!”

Caronte giró la cabeza por un momento y contestó: “¿Y qué vas a hacer, condenarme al infierno?”. Con esto y una sonrisa continuó andando, hasta que los gritos de los condenados taparon los insultos de Hades a sus espaldas.

martes, 10 de enero de 2012

Marcianos

“¡Somos extraterrestres del planeta Amor, venimos en son de paz!”

La cosa no empezaba bien. Los marcianos se habían plantado en su portal y habían tocado todos los timbres hasta que Tina les contestó.

“¿Y cómo es que habláis castellano?” les contestó.

Se produjo un silencio, con los crujidos propios de un interfono, hasta que contestaron:

“Por una increíble casualidad, nuestros idiomas han evolucionado de forma paralela, excepto algunas diferencias menores. Por ejemplo, en nuestro idioma `primer ministro` se dice `culo`.


“Aquí a veces también” contestó Tina un poco al tun tun, sin saber bien dónde se había metido. Desde luego, no pensaba abrir a esos locos.

“Y `amor`, ¿qué significa en vuestro planeta?” les preguntó.

“Sentimiento que mueve a desear que la realidad amada, otra persona, un grupo humano o alguna cosa, alcance lo que se juzga su bien, a procurar…”

“¡Qué notable coincidencia!” les cortó Tina. “Justo la misma definición de la RAE. “Tenéis académicos allí también?”

“Sí, pero les damos poco de comer porque si no crecen mucho” contestaron los marcianos. “Por cierto, qué clase de persona se sabe de memoria la definición de amor de la RAE? ¿Está, acaso, perturbada?”

“Hombre, estoy hablando con marcianos del planeta Amor, así que muy bien no puedo estar. Pero en este caso la explicación es que soy filóloga”.


“¡Filóloga! La verdad es que nos vendría bien una revisión de… pero bueno, creo que esto se nos ha ido de las manos. Empecemos de nuevo. ¡Venimos del planeta Amor y buscamos la paz universal!”.

“Pues aquí no la van a encontrar… aquí nos peleamos hasta por ir a mear. Además, ¿para qué buscáis la paz? ¿no tenéis en vuestro maravilloso planeta Amor?”

“Pues la verdad es que nuestro planeta es un desastre… el culo, perdón, el primer ministro, le fue cambiando el nombre a medida que la situación se deterioraba. Empezó como “leve reestructuración de la geografía”, ahí fue cuando los volcanes, los tsunamis y los corrimientos tectónicos cambiaron la faz de nuestro mundo. Luego vino la fase de “fraternidad revoltosa”, que fue cuando las guerras civiles y los ataques termonucleares entre naciones… ahí empezamos a sospechar que la cosa igual no iba tan bien como decía el ministro de Felicidad. Al final, la situación y el planeta se rebautizaron como Amor. Ahí ya solo quedábamos algunos grupúsculos diseminados que nos matábamos a dentelladas en cuanto nos veíamos para disputarnos los restos de algún sándwich de atún. Eso sí, entre cada grupo estábamos muy unidos (por las cadenas que nos habían puesto en el ministerio de Trabajo y Realización Personal). Al final, entre unas ruinas, encontramos un vehículo y vinimos para acá. Como le decía, solo buscamos un poco de paz, y quizá, si no es mucha molestia, acurrucarnos en algún rincón calentito…”

“Les advierto que soy mileurista y no tengo nada de valor” contestó Tina, a la vez que le daba al pulsador del portal.

Luego entraron y, tal como habían prometido, se acurrucaron en un rincón del sofá y se durmieron.

Oscuridad

Enciendo la hoguera. Puede que sea la última vez.
Echo leña al fuego. Chisporrotea, y lo veo consumirse lentamente.
Oteo el horizonte, pero nada se divisa. No es extraño, pues es noche cerrada y ¡ay!, mi hoguera es la única luz humana que se puede ver. Que la melancolía se apodere de mí. Tampoco sabe hacer otra cosa, la pobre criatura.
Melancolía, ¿vives bien?
“Me alimento de tu corazón. Pronto no quedará nada y, ¿qué será de mí?”
Así es ella, no piensa más que en sí misma. Ensimismada. Bastante arduo se me hace ya el viejo batallar contra la locura, para encima andar jugando con ésta.
Porque yo no estoy loco. No, todavía no. Yo sé idiomas. Muchos años hace que vienen tras de mí, pero no, aun no ha llegado mi tiempo, el tiempo de sucumbir. Si fuera así lo sabría, ¿no, melancolía?
Se ha ido. A airearse, tomar un descanso, sin duda. Pero volverá, siempre lo hace.
Y sigo aquí, no me han dado caza. Pero cada noche en vela añade un peso en mis ojos, en mi razón también, y yo eso lo noto. Pero notarlo, ¿no es acaso lo mismo que controlarlo? Si yo lo veo, es que YO todavía estoy ahí para verlo.
YO, ¿estás ahí?
Sí, soy yo quién contesta. Eso me tranquiliza, nada habría más horroroso que preguntar por yo y que respondiese otro. ¿No es ese el miedo de todos? Pero, ¿quiénes son todos? ¿Hay alguien realmente ahí fuera, en esa profunda, negra oscuridad? Yo hace tiempo que no los veo. Pero YO sigue aquí, eso me tranquiliza. Deja que te acaricie, YO.
¡No huyas!
¿Me abandonas tú también, YO? ¡La deserción más terrible, la que nunca esperaba! Y sin embargo, ¿no llevaba tiempo ya gestándose, preñada mi mente con este engendro escapista? ¿No estaba todo ya dicho y hecho, cuando empecé a huir? ¿Quién me persigue?
¡YO, vuelve!
¿No ves que todo el mundo alrededor está negro? ¿No ves que vas a perderte, entre tinieblas disuelto? ¿No ves, en fin, que me necesitas?

Pero, ¿qué noto? Aquí, a mis espaldas, ¿eres tú, YO?
Ya veo tu rostro
Me miras
¡Tú!

Caracoles

El lugar se ensombrece mientras, por la noche, pasan los grillos a lucir su voz. Entre las barracas de feria viejas y destartaladas se oyen susurros. El aire es casi tangible, grumoso con la grasa y el aceite de los puestos de la feria y las añejas atracciones. Dos caracoles son los presuntos autores de los susurros.
- Así no hay quien trabaje- dice uno.
- Ya puedes decirlo, las babosas se llevan todo el mérito. Ya no hay orgullo alguno en ser un caracol.
- Siempre nos quedarán las espirales, Maurice- el primer caracol se rasca un ojo que le pica frotándose contra una brizna de hierba, mientras admira la concha del caracol número dos.
- Hombre, es que solo faltaría que nos quitaran eso…- el caracol número dos se revuelve nervioso ante las miradas del otro. No lo dice, pero siempre ha sentido que su concha no era tan buena como las de los demás, y sufre cierto complejo de inferioridad. Esto en un caracol puede convertirse en un problema.
De hecho, el caracol número uno tiene el mismo problema. Por eso en su mirada hay cierto destello de envidia, aunque esto pasa inadvertido para el caracol número dos, ya que la oscuridad los envuelve. Aun así, el segundo caracol nota una extraña reverberación en la voz de su compañero.
Está a punto de ocurrir una muerte.
De repente, se oye el espantoso crujido de una bolsa de papel grasiento de patatas fritas al ser pisado. Pero no se trata de un caracol, si no de un vil humano.
- ¡Salta Maurice!- dice el primer caracol, consciente de la tontería que suelta al mundo.
Maurice se esfuerza por salir del camino, y hace grandes logros atravesando una chapa de Coca-Cola entera.
En vano.
Un crujido mojado atraviesa la noche. Un escalofrío recorre el cuerpo del caracol número uno desde lo más profundo de sí mismo. Cuando el humano ya está lejos, llega al lado del cadáver esparcido de su amigo. Lo contempla.
-    Mierda, siempre quise quedarme con su concha.
Se marcha, lentamente, rumiando el fracaso de su plan criminal.